Las Manobordantes
Un par de Manobordantes son clave para la ejecución correcta de cualquier acto nostalmágico, principal actividad de la mujer melancólica y altamente inquieta. Las Manosbordantes recorren dos veces cada fragmento de pensamiento. Técnicamente se llama punto revés. Avanzas una, retrocedes una, avanzas dos, y así. Como el puente entre una escala y otra en el estudio de canon para piano, la puntada se practica como un suceso con el potencial de nunca acabar, de ocupar el cuerpo y su tiempo por completo, hasta la muerte, haciendo de puente entre el pasado más pasado, al pasado más reciente, al presente más escurridizo, hacia el futuro imaginado, y que a su vez suele ser parecido al pasado más pasado por su inevitable distorsión en la memoria y la sensación como de posarse sobre un mullido cojín.
Mis Manobordantes en particularm tienen como preferido el punto festón, que obliga a la actuación sucesiva de un tiro al arco. El punto o, más bien, las flechas, apuntan hacia el cielo cual 8 de bastos en reversa, en perpetuo ascenso. El festón, en apariencia, promete el cercado de un territorio sobre la tela, o bien, le suelen encargar el delimitado de sus bordes más extremos. Sin embargo, en su ejecución, las Manobordantes señalan una y otra vez el espacio que no cabe dentro de la arpillera, aspirando a unir los pedazos de vida que se encuentran más allá. La presencia del tiempo que quiere volverse recuerdo, llama a las Manobordantes para asirlo, tocarlo mil veces, hasta acabar de pincharlo en la materia. La tarea de las Manobordantes es de nunca acabar.
Las Manosbordantes, antes de ser bordantes, han tenido que aprender a ser manos primero, herramientas para toda clase de actividades. Así mismo, suelen tener varias tareas al día, en paralelo al sí-mismo bordar. Hoy día, por ejemplo, prepararon cinco tazas de agua caliente, hojearon un par de libros, acariciaron y ahuyentaron al gato, abrieron y cerraron la puerta tras de así, señalaron “reproducir” una docena de veces al audio de whatsapp de su tarotista, escribieron un rato en el teclado para luego, finalmente, agarrar la aguja. Sin embargo, y aunque arruine el romanticismo de este estilo de vida, las Manobordantes ejecutan el bordado solo de a dos minutos a la vez, asaltadas por repentinos arranques de hacer otras cosas. Acariciar el hocico del perro, anotar una nueva tarea en el calendario, mandarle un nuevo reel al chiquillo que les gustaría, en vez de a la tela, tocar.Bordar es un compromiso con un deseo viejo, aquel producido un momento preciso en que una quiere señalar algo para siempre. Una imagen, un texto, un color, un objeto. Completar el bordado es hacerle honor a ese deseo, aunque la portante de las Manobordantes haya evolucionado y ya no sienta identificación con él. Bordar es una actividad de largo aliento y que, por lo tanto, pocas veces acaba durante el mismo contexto que, en un principio, hizo urgente su materialización. Tocar el deseo bordado, a fin de cuentas, es tocar la textura de lo que alguna vez se añoró. Las Manobordantes, entonces, han culminado exitosamente su tarea.

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